En el vasto espejo de la red brillante,
donde las imágenes resplandecen sin fin,
la gente teje máscaras deslumbrantes,
ocultando verdades en un lienzo sin alma ni tin.
Perfiles perfectos, vidas en vitrina,
sonrisas ensayadas en un escenario digital,
cada clic es una nota en la sinfonía ficticia,
donde lo esencial se oculta, invisible y banal.
Miradas vacías, corazones anhelantes,
buscando aprobación en un océano virtual,
pero el alma, lo verdadero, lo constante,
no se refleja en la pantalla superficial.
La esencia se pierde en la brillantez de la farsa,
en el desfile de perfección ilusoria,
pero lo que importa, lo que realmente abraza,
es invisible a los ojos, una eterna memoria.
Bajo las luces y filtros, la verdad languidece,
la autenticidad se ahoga en un mar de apariencias,
pero en el silencio, donde el alma crece,
vive lo real, en su pura esencia.
Dejemos las máscaras caer, dejemos la luz brillar,
en la profundidad de lo simple, en la sinceridad,
pues la belleza verdadera, sin más que mostrar,
reside en las pequeñas cosas, en su infinita claridad.
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